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miércoles, 25 de junio de 2014

EL GÉNERO COMO CATEGORÍA DE ANÁLISIS SOCIAL



1.     Introducción.
La condición de género es un factor que en las concepciones que tienen los hombres y mujeres, en nuestro país en particular, sobre los roles a cumplir tanto por el hombre como por la mujer en su diario vivir y en los diversos espacios sociales, juega un papel que marca diferencias notables entre un sexo y el otro, favorable para uno, desfavorable para el otro. En el hogar, en la escuela, en la universidad, en el centro laboral, en el grupo de amigos, etc.; en todos ellos, el género está presente, fortificándose, reproduciéndose y ensanchando las fronteras mentales que dividen a los seres humanos; por supuesto, perturbando la edificación de una convivencia pacífica y equitativa.
Es necesario realizar una acotación fundamental referente a las diferencias entre un enfoque sexista y un enfoque de género. Aunque considerando las investigaciones consultadas sobre este tema, no todas ellas hacen esta advertencia.
El sexo es un atributo biológico determinado desde antes del nacimiento y básicamente inmodificable, mientras que el género es un concepto referente a las diferencias sociales y culturales entre hombres y mujeres (Bonilla, 1993). Sexo es un término biológico, género es un término psicológico y cultural (Oakley 1972; citada por Moser, 1995). El sexo identifica las diferencias biológicas entre hombres y mujeres, el género identifica las relaciones sociales entre hombres y mujeres (Moser, C.; 1995). Mientras que sexo se refiere a las diferencias físicas del cuerpo, género alude a las diferencias psicológicas, sociales y culturales entre los hombres y las mujeres (Guiddens, 1994). Este mismo investigador afirma que muchas diferencias entre varones y hembras no son biológicas en origen, sino que intervienen factores culturales y sociales. Las diferencias en el comportamiento de hombres y mujeres se desarrollan principalmente mediante el aprendizaje social de las identidades femenina y masculina. De allí que varios autores consideren al género como un fenómeno cultural (Corway, Jill; Bourque S. y Joan W. Scott; 1982).
Al respecto, Guiddens (1994) afirma lo mismo, dice que nuestras respuestas sexuales no están genéticamente determinadas, sino que prácticamente todas son aprendidas. A decir de otra autora, "el género es el sexo socialmente construido"; para Marcela Lagarde (1992), "es una especialización de la sexualidad". Ser hombre o mujer, muchacho o muchacha, es una función que tiene que ver tanto con el vestido, el gesto, la ocupación, la red social y la personalidad, como con la posesión de un determinado juego de genitales (Oakley, 1972).
De Barbieri (1990), escribe que los sistemas de sexo género son los conjuntos de prácticas, símbolos, representaciones, normas y valores sociales que las sociedades elaboran a partir de la diferencia sexual anátomo-fisiológica y que dan sentido a la satisfacción de los impulsos sexuales, a la reproducción de la especie humana y en general al relacionamiento entre las personas.
El género entonces se convierte en un argumento de crítica y de enfrentamiento al determinismo biológico. El ser hombre o ser mujer, son sólo construcciones sociales que cada cultura en un tiempo y espacio determinados, producen y reproducen, sostienen y mantienen.
Una vez más, ciertas feministas, al cuestionar al determinismo biológico, están sosteniendo una teoría que relega a un plano secundario, subestima e inutiliza a la característica sexual-reproductiva de los cuerpos al nacer. En ese sentido, los instintos de reproducción y comportamientos sexuales asumidos por cada uno de los géneros en base a sus genitales, (dicen ellas), no son sino una mera y antojadiza construcción humana, impuesta por la fuerza y el poder de los machos, subestimando el derecho a la opción sexual a la que todo ser tiene derecho.
Rubin (1986), refiriéndose al género, nos dice que es el conjunto de disposiciones por el que una sociedad transforma la sexualidad biológica en productos de la actividad humana y en el que se satisfacen esas necesidades humanas transformadas. No se nace hombre o mujer, se aprende a serlo.
Whitehead (citado por Moser en 1995), tiene una percepción similar. Hombres y mujeres desempeñan roles distintos en la sociedad, y sus diferencias de género son moldeadas por determinantes ideológicas, históricas, religiosas, étnicas, económicas y culturales.
La hembra aprenderá a ser -y se convertirá en- mujer, el macho aprenderá a ser -y se convertirá en- hombre. La sociedad no les presenta otra alternativa. Lo genético ha sido transformado por lo histórico (Lagarde, 1993). Desde el momento en que nacen, la característica sexual de sus cuerpos, marcará para toda la vida sus formas de ser, de pensar, de actuar y hasta de soñar. Las aspiraciones de cada uno de los seres humanos sexuados, su visión de futuro y la búsqueda de su realización como personas humanas, está de igual modo, determinado por el sexo. El sexo (entiéndase, los genitales) determina el género.
La visión de género fue impulsada por las feministas para hallar respuestas que expliquen el por qué y el cómo de la subordinación y sometimiento de la mujer por el hombre. Cómo surgió y por qué se perpetúa, cómo podría cambiarse y cómo sería la vida sin ella, es decir sin la subordinación de la mujer hacia el hombre (Acker, Sandra; 1994). Scott (1990), también considera que el término género forma parte de una tentativa de las feministas contemporáneas para reivindicar un territorio específico, de insistir en la insuficiencia de los cuerpos teóricos existentes para explicar la persistente desigualdad entre hombre y mujer.
Barring (1986), escribe que uno de los aportes teóricos más importantes del movimiento feminista ha sido el de develar la diferencia entre el sexo, en tanto determinación biológica y el género, como una construcción cultural y social. Más adelante agrega que una de las ramificaciones del feminismo, apunta básicamente al mejoramiento del status de la mujer, mediante leyes y normas que tiendan a mejorar los niveles educativos, darle acceso al empleo y cargos públicos, y a una política asistencial desde el Estado.
Esta tendencia, de observar, pensar y analizar las diferencias en los roles sexuales, que halló su mayor propulsión en la llamada "liberación sexual" de los años 60, se vio reforzada por los movimientos sociales que de una forma u otra cuestionaron el orden de cosas establecido, así como por el movimiento contracultural de los Hippys de los años 70 en el norte de América.
El género ha producido muchas discrepancias sobre su significado y sobre si podría considerarse un factor para explicar el desarrollo de la historia de la humanidad. Porque no existen razones biológicas ni genéricas que sustenten nuestra creencia de que la mujer es inferior al hombre. Tan es así esta creencia generalizada que, incluso en la reproducción, a la mujer se le otorga un papel de receptora y pasiva, el hombre embaraza y ella es embarazada. Lo mismo sucede en los roles sexuales, el hombre es el acosador por naturaleza y siempre dispuesto a una relación coital mientras que la mujer debe guardar una actitud de precaución y vigilancia (Figuerora, 1992).
Sin embargo, el género no sólo alude a la sexualidad o característica genital de los sujetos; en este contexto, Lagarde (1992), expresa que la condición de género está organizada en torno a varios ejes, siendo el eje central, no el único, la sexualidad.
Bonilla (1993), coincide con Lagarde en cuanto se refiere que el género implica o gira en torno a varios ejes, más no considera a la sexualidad el eje principal. Bonilla, escribe:
“El género no se refiere solamente al sexo, sino fundamentalmente a la amplia variedad de comportamientos, roles y posiciones que se atribuyen, cultural, social y económicamente a hombres y mujeres y que determinan los contextos y las formas de vida y de trabajo de los individuos.
2.     Género y educación.
Y es que en la educación el género también incorpora diferencias y discriminaciones en los roles sexuales, desfavorables para las mujeres. Como lo expresa Acker (1994), a las mujeres se les considera trabajadoras eventuales porque en cualquier momento dejarán el trabajo para tener hijos, o que no tienen fuerza suficiente para mantener el orden en el aula. A pesar de que la tendencia es a que los logros educativos de las mujeres acaben estando a la par de los de los hombres (Egerton y Holsey, 1993, citados por Acker, 1994).
Bourque y otras (1995), realizan un estudio de género y educación en centros educativos de nuestra ciudad capital. Narran el proceso de cómo las concepciones de los roles de hombre y mujer, aún se mantienen y se reproducen en la escuela, y en dicho proceso colaboran profesores y profesoras, alumnos y alumnas.
Nombran lo que ellas llaman "currículum oculto", es decir, los profesores y profesoras, inculcan en sus alumnos y alumnas, roles que se consideran apropiados para cada uno de los sexos, los mismos que no pueden ser refutados o desconocidos para alumnos y alumnas, bajo el riesgo de ser tachados como "machonas" las mujeres y "afeminados" los varones. Por ejemplo, frases como “¡habla como hombre!”, a los hombres con voz aguda o que hablan en voz baja; “¡Siéntate bien, pareces hombre!” a las mujeres que en algunos casos asume una posición en su carpeta que no concuerda con los modelos femeninos vigentes.
Tovar (1995), refiere que los varones esperan de todos ellos, que sean relajados, agresivos, audaces, cacheros, pendejos, machistas, que sepan tomar, etc. lo que siempre se esfuerzan en expresarlo en sus conductas, seguros de que ello caracteriza a un "hombre". En cambio de la mujer esperan que sea inteligente, responsable, trabajadora, estudiosa y que tenga afán de superación. La mujer que no posee éstas características no es respetada o se le considera "fácil", un ser al que todos deben y -sin mucho esfuerzo- pueden sacarle algún provecho (sexual).
Otras son las concepciones que tienen y expresan las mujeres de los varones. Ellas esperan del varón que sea caballero, alegre, sin vicios, buen esposo, pero sin dejar de ser agresivo, inquieto, duro, cualidades que los hombres ni cortos ni perezosos expresan en sus conductas diarias. Las alumnas reproducen los roles que la sociedad les indica no sólo para ellas, sino también para el varón. Ellas mismas se ven como trabajadoras, estudiosas, responsables, modernas, empeñosas, educadas y que ahora tienen iguales derechos que el hombre, pero que no alteran del todo los roles ya conocidos, sobre todo los relacionados con la maternidad, la manutención del hogar y la obediencia y fidelidad al esposo.
Esto se evidencia no sólo en la educación básica, también en la educación superior, universitaria y no universitaria, y por qué no decirlo, igualmente, en la educación de pos grado. Y no solo en los estudiantes, igualmente, en el personal administrativo y en el personal docente y personal directivo. Es la sociedad en la que se incuba las concepciones de género e invade todos sus espacios, consolidándose en el tiempo.
En el sistema educativo las diferencias de los comportamientos, actitudes y aptitudes entre hombres y mujeres son bastante notables. Un hombre no debe comportarse como una mujer, ni una mujer puede ni debe comportarse como un hombre. Existe una inquebrantable muralla, una frontera casi sagrada, violarla significaría un vergonzoso pecado y sus consecuencias en nuestra sociedad arrojan resultados extremos que bordean los perfiles de la fatalidad. El género construye permanentemente entre un hombre y una mujer, diferencias que deben ser —y son— respetadas por ambos durante toda su vida.
En resumen, puede decirse al igual que Joan W. Scott, que género es una forma de hablar de los sistemas de relaciones sociales o sexuales, una categoría útil para el análisis histórico, y desde allí construir un debate teórico sobre el significado de ser mujer y ser hombre para determinar el ¿Por qué? de las relaciones de dominio, explotación y subordinación de un sexo hacia el otro.
3.     Género y sexualidad.
La sexualidad (más específicamente, la posesión del órgano sexual reproductor con la que cada cuerpo nace), señalará a cada uno el género de su pertenencia. Es la base a partir de la cual se construyen las diferencias de género. Es a partir de ella, la sexualidad, que se construyen en -y aprende- cada sujeto un conjunto de cualidades, aptitudes, esquemas y destrezas diferenciadas para toda la vida. Marcela Lagarde, construye un ensayo al respecto. Realiza una división en la sexualidad, otorgando al hombre la parte erótica y a la mujer la parte procreadora.
De esta diferenciación sexual se desprende un sinnúmero de características también diferenciadas y muy definidas para cada uno de los sexos. El hombre es el activo y quien merece disfrutar de la sexualidad (el erotismo es propiedad masculina), el dominante, el que puede dictar pautas y darse el lujo de crear nuevas y más gozosas formas de practicar el sexo y el coito en sus diversas expresiones. La mujer no, a ella prácticamente se le prohíbe el erotismo, el goce sexual es para ella un objetivo que ocupa un plano de poca significancia porque la sexualidad en ella tiene un solo objetivo: Procrear. En su cuerpo se gesta una nueva vida, un nuevo ser, un nuevo sujeto que del mismo modo que su padre y su madre y en concordancia a las características sexuales de su cuerpo, tendrá que aprender y asumir en un largo proceso que dura toda la vida, las pautas de los comportamientos y aptitudes apropiados para su sexo-género.
Teniendo en cuenta la subordinación y marginaciones que sufre la mujer frente al varón en casi todos los espacios de las relaciones sociales, sería algo así como una oportunidad para la mujer de reivindicar sus derechos y su lugar como ser humano, igualándose a los del varón. Una igualdad de oportunidades, no de resultados, como lo dicen algunos autores.
Aquí también, la idea de igualdad, no está todavía definida por consenso. Y sospecho que, difícilmente llegará tan anhelado y pretendido consenso mientras no asumamos y admitamos nuestras innatas y divinas diferencias, respetándonos unos a otros, y para ello necesario será incorporar a nuestras características personales una más e indispensable, fundamental para la convivencia humana: La tolerancia.
Al respecto, Corway, Jill K. y otras (1987), manifiestan que el estudio de género es una manera de comprender a las mujeres no como un aspecto aislado de la sociedad sino como una parte integral de ella, merecedora de todos los beneficios, oportunidades y sacrificios que demanda todo ese proceso denominado "realización de la persona humana".
4.     Género y sociedad.
Los últimos cambios en la sociedad apuntan hacia ese lado. Socialmente, consideran algunos autores, la mujer tiene una ventaja sobre el hombre, Más enfermedades cardíacas debido al tabaco y a la nicotina (El fumar aún se considera una costumbre "masculina"), ataca al hombre que a la mujer, más accidentes automovilísticos sufren los hombres que las mujeres producidos por el alcohol y las drogas. Con ello no se pretende hacer ninguna insinuación ni sugerencia respecto a que la mujer pueda asumir esos comportamientos "masculinos' en busca de su igualdad frente al varón.
No podemos negar la subordinación de las mujeres hacia el hombre que existe en nuestra sociedad, pero esta subordinación es producto de determinadas formas de organización y funcionamiento de las sociedades. Cada sociedad y cada cultura construye y reconstruye sus patrones masculino y femenino para cada uno de los sujetos pertenecientes a ella. En ese sentido debemos estudiar la sociedad o las sociedades concretas, ya que cada una de ellas sostiene un particular patrón masculino y femenino, y así entender y comprender los roles sexuales. (De Barbieri 1990).
Pero la posición de la mujer en la sociedad depende de una variedad de criterios, no sólo del género, también de la clase y la etnicidad (Moser, 1995). Porque el concepto de sexo, aislado, no tiene la capacidad suficiente para explicar la posición social de la mujer, lo cual requiere tomar en cuenta el espectro más amplio de las relaciones de género entre hombres y mujeres y el significado de dichas relaciones en el funcionamiento social (Bonilla, 1993). De hecho, una de las primeras cosas que aprendemos al principio de la vida, es de qué se trata ser mujer u hombre. Y lo hacemos no intelectualmente, sino sobre todo afectivamente y de manera inconsciente (Lagarde, 1992).
5.     Género y familia.
Otros investigadores (más exactamente, investigadoras), consideran que la familia es la institución principal por medio de la cual, las desigualdades entre los sexos son reproducidas, por ejemplo a través del trabajo familiar o doméstico. La familia es la única institución encargada de transformar un organismo biológico en un ser humano, apto para ser miembro de una sociedad (Goode, 1966, citada por Bonilla, 1993), o que “... el hogar paterno constituye, la mayoría de las veces, una escuela donde las niñas aprenden la resignación ante el sufrimiento" (Portocarrero, 1992).
Moser (1995), escribe que el género como la edad y el status son determinantes críticos en la diferenciación de la movilización y la repartición del trabajo familiar en distintas actividades. Luego reconoce que la repartición del trabajo doméstico no es una particular característica de una determinada sociedad, sino que es una situación generalizada: La asignación del trabajo doméstico a la mujer, particularmente el cuidado de los hijos, permanece extraordinariamente rígida y persistente a nivel mundial.
Particularmente considero que incorporar una visión de género en los estudios sociales, es también una forma de (los hombres) vernos a nosotros mismos. Realizar una revisión general de nuestros comportamientos y actitudes frente a la mujer, de cómo estamos actuando, si en verdad buscamos y enarbolamos la igualdad y el respeto a nuestros derechos que nos asiste a todos los seres humanos. Porque la construcción de una sociedad más justa, igualitaria y humana, demanda de cada uno de nosotros, los hombres (ya que las actuales construcciones sociales nos colocan en una posición dominante frente a la mujer), una revisión general y minuciosa de nuestra forma de pensar y actuar, en nuestras diarias relaciones con la mujer sean ya en el ámbito familiar, laboral, amical y hasta ideológica. Obviamente, a la mujer le compete también, ser partícipe en todo proceso de construcción social, pero ella debe luchar mucho más que el hombre para lograr y desempeñar un papel en ese proceso.
He allí, el valor e importancia del género, hoy más que nunca en una época de grandes y (a veces) traumáticas transformaciones presentes en el mundo de hoy.
Porque debemos entender que si la mujer nos parece (y en ciertas circunstancias realmente lo es), un ser delicado, sublime y maternal, preocupado por las cosas sentimentales, de pocas fuerzas y con un carácter subordinado, en la mayoría de las veces fría e indiferente ante los zig-zagueos inesperados y sorprendentes de la historia, es porque la sociedad (dominada por el varón o por el hombre) así la ha labrado, construido y etiquetado. Prohibiéndole asumir posturas y conductas "masculinas".
Ser hombre significa ser protector, en consecuencia ser mujer significa ser protegida (Lagarde, 1993). Los patrones socioculturales de nuestro tiempo y espacio nos colocan en esa situación. La fortaleza y debilidad atribuida a cada uno de los sexos (sexo débil y sexo fuerte), expresan y reafirman asimismo las diferencias en los roles y concepciones de, y para cada uno de los géneros.
Si en algún momento de nuestras vidas hemos sentido que la mujer, ese "ser inútil- no nos entiende o tiene una manera de pensar y ver las cosas de un modo distinto al nuestro, proclive a derramar lágrimas en mérito a su visión más sentimental que racional de la naturaleza, perturbando la concentración de nuestras m entes, no olvidemos que ella o ellas, son una construcción social y cultural. Nosotros también. Obviamente en una sociedad enmarcada dentro de preceptos y sujeta a voluntades masculinas, en nosotros recae la mayor responsabilidad en cuanto se refiere a la reproducción de las normas sociales desiguales para los sexos, siendo ellas quienes casi siempre pierden.
Sin embargo no podemos dejar de observar que los patrones de género están sujetos a (y sufren) variaciones históricas y culturales (Scott, 1982); varían histórica y geográficamente (Bonilla, 1993). Es decir, el género es también susceptible de ser modificado por las propias personas sean éstas hombres o mujeres. No es como podría entenderse una especie de maldición de la cual nos sería imposible libramos, y nos restaría solamente lamentarnos de nuestra desgracia. Género es el resultado de un proceso mediante el cual las personas recibimos significados culturales, pero también las innovamos. Elegir el género significa que una persona interprete las normas de género recibidas de tal forma que las reproduzca y las organice de nuevo (BUTLER, Judit; 1987).
6.     Género y feminismo.
Si el género es un producto cultural, entonces, como todo producto cultural sufre variaciones a través del tiempo y el espacio. Pero el género es un producto sumamente delicado, al menos en nuestra cultura, en nuestro país. La nueva institución denominada “unión civil” que unos promueven y defienden y pretenden legalizar, se ha convertido en un factor de polémicas y más divisiones entre peruanos y peruanas.
Lo intereses en juego son variopintos: religiosos, políticos, económicos, éticos, morales,  ideológicos, etc. pero son las mujeres las primeras en alzar la voz en contra de la división de género porque precisamente son ellas las que más pierden en una sociedad machista como la nuestra.
Una muestra de ello, es la lucha iniciada por las mujeres por reivindicar su posición de igualdad frente a los varones. Pretenden ellas modificar y reestructurar todo el sistema de género imperante en nuestra cultura y sociedad, destruir toda esa montaña masculina que las aplasta y las asfixia al extremo, en algunos casos, de negarles toda posibilidad de vivir como seres humanos.
Además, ellas son las responsables y conductoras, a través de los cuidados y protección que brindan a sus hijos e hijas, de la reproducción y enseñanza de los roles "apropiados" para cada uno de los sexos. Podría resultar alarmante para nosotros, pero en las manos de ellas está la tarea fundamental y básica: Hacer de la hembra una mujer, y del macho un hombre. En ese sentido, la mujer-madre cumple una muy importante y vertebral responsabilidad en el hogar: El género es labrado, reproducido día a día, minuto a minuto en cada uno de sus hijos e hijas. Ella vigilará permanentemente esa labor. Obviamente, la sociedad entera supervisará diariamente con un mecanismo invisible y casi obsesivo, la labor de las mujeres madres en la reproducción de los géneros.
Sin embargo, aquella lucha iniciada por algunas mujeres con el objetivo de eliminar las desigualdades frente a los varones, es una lucha dividida. Existen feministas que lideran una lucha centrada, no exactamente, en la búsqueda de la igualdad entre hombres y mujeres por medio de la creación de oportunidades para el sexo que más lo demande, sino en la creación de otros géneros alternos a los ya existentes. Es decir, si las actuales construcciones socioculturales de género subordinan y discriminan a la mujer, ella necesitará para salir y eliminar dicha discriminación y subordinación, elegir y optar por un nuevo género alterno: que será un género no-mujer y a la vez un género no-hombre.
Analizamos esta consigna y concluimos que aquellas feministas, consideran tácitamente que las actuales desigualdades entre hombres y mujeres son insuperables. Por ello la opción más apropiada y cómoda para ellas y recomendable para todas aquellas mujeres que sufren crudas y dramáticas marginaciones por culpa de su sexo-género y anhelen zafarse de la dominación masculina, sería la creación de otros e imaginativos géneros alternes, que ignoren totalmente la característica sexual-reproductiva, propiedad innata (según el determinismo biológico) a cada uno de los cuerpos humanos.
Otros teóricos del género refieren que la perspectiva de género también ofrece la posibilidad de cuestionar los estereotipos, de repensar lo obvio, de explicar prejuicios o supuestos sexistas, de repensar la forma y significado de ser varón y de ser mujer, de explicar los desfases en la autoridad moral reconocida para los individuos que son actores y autores del entorno social, la posibilidad de construir normatividades, incluso podríamos decir de resignificarnos como personas (Figuerora, 1992).
Bonilla (1993), expresa que el género es una variable que incide significativamente en la posición social de la mujer, siendo así. No opera sin embargo de manera aislada, sino articuladamente con su posición de clase que se define por la relación con los medios de producción. En la división de género se sostiene y se desarrolla la división de clase. El hombre asume las labores productivas, y la mujer las reproductivas. El género es una forma de la desigualdad social (De Barbieri, 1990). En estas estudiosas, observamos la poca importancia que otorgan al aspecto sexual en la diferenciación de los géneros, más bien señalan a la estructura económica como eje de la desigualdad entre los hombres y las mujeres.
Siendo la perspectiva de género una oportunidad promovida por las mujeres, para que ellas mismas puedan reivindicar sus derechos como seres humanos y eliminar de una vez por todas las actuales construcciones sociales que la discriminan y la hacen sentir inferior frente al varón, puede sin embargo ser convertido en un instrumento al servicio de objetivos que pretendan alterar en grado extremo los papeles sociales del hombre y la mujer, o servir como pretexto para promover, reproducir y justificar tendencias sexuales, no necesariamente de raíces genéticas, diametralmente opuestas a las “normales” o a las socialmente aceptables. A este nivel se ubica la siguiente cita de Gayle Rubin (citado en Lamas, 1996): "El sueño que me parece más atractivo es el de una sociedad andrógina y sin género (aunque no sin sexo), en que la anatomía sexual no tenga ninguna importancia para lo que uno es, lo que hace y con quien hace el amor'.
Lagarde (1992), deja entrever también la posibilidad de crear nuevos géneros alternos a los ya existentes, tarea que correspondería a la cultura y a la sociedad en su conjunto. Dice ella: "Nuestra sociedad y cultura; no ha elaborado la posibilidad positiva de nuevos géneros... ", continúa y señala la limitación de la sociedad en ese sentido: " sino que interpreta los cambios de género desde los estereotipos existentes". Más adelante pretende culpar al sistema por no permitir y fomentar la creación de nuevos géneros alternos, advirtiendo a los seres humanos de lo que les espera si se atreven por iniciativa propia a realizar o intentar dicha tarea: "Este sistema obligatorio y compulsivo es considerado natural y se piensa que los personas que cambian así son enfermas" .
Como anota Rubin (en Lamas, 1996):
Personalmente pienso que el movimiento feminista tiene que soñar con algo más que la eliminación de la opresión de las mujeres; tiene que soñar con la eliminación de las sexualidades y los papeles sexuales obligatorios (p. 85).
Por otro lado, las feministas han logrado “escapar” de la cocina, huyendo de todo el peso que significan las tareas del hogar; no obstante, quién las ha sustituido no es un hombre, es otra mujer: las empleadas domésticas, eufemísticamente llamadas “trabajadoras del hogar”.
Como celebran y lamentan algunas voces feministas, “las mujeres han salido a la calle, pero el hombre no ha ingresado a la cocina”, o como podría parafrasearse de la siguiente manera: “la mujer logró vestir pantalones, peor el hombre no ha logrado vestir falda”.
7.     A manera de conclusiones.
Género y equidad, ¿una utopía?
El Proyecto DAWN (Alternativas de Desarrollo con Mujeres para una Nueva Era), que es una confluencia de mujeres y grupo de mujeres, nace en 1985. Ellos sueñan no con la creación de nuevos géneros alternos como una forma de eliminar la desigualdad entre los sexos, ellos expresan lo siguiente: “Queremos un mundo donde no exista desigualdad basada en la clase, el género y la raza en ningún país ni en la relación entre los países”.
Ello podría inducirnos a pensar que la solución pasa por darles pistolas a las niñas y muñecas a los niños. Como dirían algunos, la mujer ha salido a la calle, pero el hombre no ha ingresado a la cocina.
La polémica no acaba. El género al ser tratado como un elemento sociocultural, se convierte en un tema bastante controvertido, el cual se presentaría como una invitación a razones, argumentos, recursos, intereses y subjetividades que busquen ir más allá de la pretendida y justa igualdad entre los sexos, en el afán de promover la creación de otros y "modernos" géneros que ya parecen emerger y estar aquí, desafiando todo tipo de reacciones negativas a ello.
En mérito a la crisis de los paradigmas (feroz nubarrón que ha obnubilado y limitado la prospectiva al mundo entero, sembrando confusión y difusas reacciones y formas de pensar), el género fácilmente podría adquirir los atractivos de fruto prohibido para quienes, al pretender cuestionar las actuales diferencias en los roles de hombres y mujeres y amparados en la utopía de la igualdad entre los sexos, decreten a voz en cuello, la demolición plena y ambiciosa de los actuales paradigmas sexuales. Sólo así podrían atreverse a iniciar la promoción y testaruda defensa de otros nuevos, doblemente controvertidos paradigmas de género, centrados y reducidos al aspecto sexual.
Olvidan que "El género no se refiere solamente al sexo, sino fundamentalmente a la amplia variedad tú comportamientos, roles y' posiciones que se atribuyen cultural, social y económicamente a hombres y mujeres y que determinan los contextos y los formas de vida y de trabajo de los individuos" (Bonilla, 1993).
En nuestro país, el género tiene acepciones tradicionales de subordinación y discriminación de la mujer hacia el hombre. Hasta la fecha, padres y madres de familia, consideran que la mujer es para la casa y el hombre para el trabajo.
Planchar, lavar, barrer, cocinar (cargar la leña en las zonas rurales, es tarea de la mujer), vestir a los hijos y asistir al esposo, entre otras tareas corresponden a la mujer. Así como asistir nutricionalmente a los hijos e hijas, buscando el alimento fuera de casa en asociación con otras madres vecinas, si los ingresos del esposo resultan insuficientes para ello. Los comedores populares, comedores infantiles, clubes de madre, comités de vasos de leche, etc., expresan la extensión de las tareas de la mujer-madre fuera de su casa.
En cambio, el hombre trabaja. Sale de casa, se reúne con los amigos, se preocupa y dialoga con las autoridades para solucionar algunos de los problemas de la comunidad, en el caso de la zona urbana. En la zona rural, se preocupa por el buen manejo y eficiente repartición del agua de riego, ello le permitirá tener un trabajo y una fuente de ingresos para llevar el alimento a su hogar. Es su rol, su papel social, porque él es el hombre, el jefe de familia, el más fuerte. La mujer es débil para esas cosas, sólo es buena (en otros casos no tan buena, a decir de algunos compatriotas[1]) para los quehaceres del hogar. El hombre al llegar a casa la encontrará limpia, el alimento preparado, su ropa planchada y en algunos casos, el agua tibia para poder darse un buen baño. Su mujer ha cumplido su papel.
El mercado laboral de hoy demanda mayor capacitación y preparación, entonces el hombre es el llamado a preparase académicamente, estudiar y ser un profesional para poder cumplir con su papel de Jefe de Familia, ese es su deber y no puede eludirlo. Pero la mujer ya ingresó al mercado laboral, a los estudios superiores, a los cargos y jefaturas administrativas y ejecutivas en empresas públicas y privadas. Laboralmente, la mujer compite con el hombre; es más, sobre la base de algunas estadísticas y opiniones de especialistas, hasta podría sostenerse que la mujer está desplazando al hombre del mercado laboral. ¿Por qué? Ello amerita otros estudios direccionados en ese sentido.
Es inconcebible hoy en día la siguiente pregunta: ¿Para qué debe estudiar la mujer? si ella permanecerá en su casa, para eso se ha casado, las tareas domésticas son su responsabilidad. Suficiente con que sepa leer y escribir porque ella no sale a la calle, no representa a nadie, no dialoga con ninguna autoridad ni tiene por qué hacerlo. Para esas cosas está el esposo, el marido o cualquier otro hombre de la comunidad. Pero es pensamiento que podría considerarse “cavernícola”, aunque ello también contravenga el derecho a libertad de pensamiento. Realmente, un tema sumamente polémico.
Las concepciones tradicionales pocas veces se expresan directamente pero están implícitas en el diario vivir y en los roles que asumen tanto el hombre como la mujer. Ambos, pocas veces pueden percibir las diferencias en los papeles que cumplen los sexos en nuestra sociedad, diferencias que perjudican a un sexo (condenándolo al atraso y a un estilo de vida discriminatorio que podría considerarse en algunos casos, inhumano) y favorecen, benefician y privilegian al otro.
8.     Referencias bibliográficas.
Acker, S. (1994). Género y Educación: Reflexiones sociológicas sobre mujeres, enseñanza y feminismo. Madrid, NARCEA, S.A. Ediciones.
Bonilla C., E. (1993). Género, Familia y Sociedad: La aproximación sociológica; FERMENTUN Revista Venezolana de Sociología y Antropología; ULA, Merida, Venezuela; año 3; N° especial 6 y 7; enero-agosto 1993; pp. 26 -41.
Bourque  y otros (1995). ¿Todos Igualitos? Género y Educación. Lima, Facultad de Ciencias Sociales - Pontificia Universidad Católica del Perú; Colección Temas en Sociología N° 6.
Lagarde, M. (1992). Identidad de género. Curso ofrecido del 25 al 30 de abril de 1992 en el Centro Juvenil “Olof Pame”. Managua.
Lamas, M. (ed.) (1996). El género en la construcción cultural de la diferencia sexual. México, Coordinación de humanidades, Programa Universitario de estudios de género.
Moser, C. O. (1995). Planificación de género y desarrollo: Teoría, práctica y capacitación. Lima, Red entre mujeres.
Pontificia Universidad católica del Perú (1997). Género: Conceptos básicos. Lima, Programa de Estudios de Género.


[1] Conversación informal con el autor.

martes, 5 de mayo de 2009

EL DIFÍCIL TRANCE DE LA REPRESENTACIÓN POLÍTICA

(Extracto de ensayo inédito) La democracia nos genera un conjunto heterogéneo de figuras e imágenes, cuando pretendemos construir una definición que la describa de cuerpo entero, y nos permita a la vez, entenderla y tratarla, a fin de preservarla saludable; cuanto más, debido a su complejidad y a las transformaciones que ha sufrido, nos complica la vida nuestro afán por pretender definir todo aquello que sugiere e insinúa el mecanismo de la “representación política”, que viene a ser, sino, la esencia y la energía que da vigor a la democracia representativa. No obstante, la advertencia de un autor español, cuando señala que “intentar conjugar representación con democracia ha sido la causa de la crisis de aquella”(1). Si la democracia puede entenderse como un conjunto de mecanismos para la institucionalización de los conflictos (DEGREGORI, 2004), o una competencia por el poder entre partidos políticos (GUIDDENS, 2000)(2), por lo tanto, sólo es posible gracias a la actuación de estos –partidos– sobre la voluntad colectiva (KELSEN, 1977); entonces, democracia es cualquier régimen que elige a sus gobernantes mediante elecciones libres y no fraudulentas o simplemente es todo lo contrario de autocracia (SARTORI, 2003), pero sucede que los ciudadanos y ciudadanas han sido reducidos al simple papel de electores y ya no se sienten representados ni representadas, lo que conlleva a que la democracia vaya más allá de las simple participación e implique una lucha de unos sujetos, en su cultura y su libertad, contra la lógica dominadora de los sistemas (TOURAINE, 1995). Pero también puede concebirse como un conjunto de normas que dan forma a la relación entre gobernados y gobernantes, donde estos necesariamente deberán ser investidos como tales gracias a una participación mayoritaria en elecciones que respondan a los principios de transparencia y libertad (BOBBIO, 9999); ello hace de la democracia, una red compleja de estructuras y procesos que descansa sobre la premisa de una participación existente, independientemente de su grado o intensidad (NOHLEN, 2004). Si continuáramos citando las definiciones e ideas de la democracia como mecanismo que regula la convivencia humana, en la actualidad, las páginas del presente ensayo se multiplicarían escandalosamente, y aun así, no agotaríamos el asunto. Intuimos pues, que la democracia es una y muchas otras cosas a la vez, dependiendo del contexto cultural y sociopolítico donde se asiente o pretenda acoplarse. Entonces, si la representación política se deriva y responde a ella, es lógico que todo intento por construirle una definición aceptable y consensuada, implique grandes dificultades, acaso con la promesa de al finalizar los debates, volvamos a cero, y con las baterías descargadas. No obstante, al recorrer su historia y evolución, encontramos algunas características que le son propias, y algunos elementos o factores observables en sus diversas manifestaciones en la realidad empírica, lo que podría ayudarnos a ponernos de acuerdo en la tarea –tediosa, muchas veces- de concertar una idea –más o menos, aceptable– de lo que realmente es, o quizás, de cómo quisiéramos que sea. Estaremos de acuerdo en que tres son los factores que dan cuerpo a la representación política. Las elecciones, es uno de ellos; el rol de los representantes, otro, y un tercer factor sería el control al cual estarían sometidos aquellos por parte de los representados(3). Estos a su vez, expresarían la presencia de dos requisitos indispensables de la representación: La representatividad (que implica el carácter electivo de los representantes, por lo tanto responde al cómo son elegidos, para qué y hasta qué tiempo usufructuarían –con las limitaciones que sugeriría el término– la representación, y la responsabilidad (que descansa sobre los mecanismos de control que ejercerían los representados, lo que tiene que ver con la vigilancia a la que estarían sometidos durante el ejercicio de la representación, y respondería al qué han hecho o qué están haciendo, y si deberían o no continuar haciéndolo, incluso, yendo un poco más allá, insinuarían o demandarían un sanción en caso ciertos actos hayan resentido la voluntad e intereses de los representados). Aparece también, otro término que para nuestra lengua es nuevo y hasta de difícil traducción: Responsividad. Los autores(4) que lo utilizan, lo hacen diferenciándolo de responsabilidad. Ésta alude a que el representante tienen que dar cuenta de su actos a quienes representa; y aquella, aunque de por sí, su traducción a nuestra lengua, es ya complicada, podría querer decir “gobierno respondiente”, algo así como que el representante debe satisfacer a sus representados, sin necesidad que estos se valgan de mecanismos de control. Y para un mejor entendimiento de lo que significa o quiere decir, EULAU y KARPS(5), lo descomponen en cuatro elementos esenciales: 1) responsividad política, que sugiere una congruencia, o lo que nosotros llamaríamos una permanente retroalimentación, entre representante y representados; 2) responsividad por servicios, que señala las acciones de tipo no representativo que debe llevar a cabo el representante, como por ejemplo, generar beneficios o ventajas para un determinado estrato de sus representados; 3) responsividad por distribución, si el anterior hace referencia a servicios y beneficios para un determinado grupo de los representados, ésta se refiere a beneficios generales para todos los representados, que debe proveer el representante; y 4) la responsividad simbólica, no es sino, el grado de confianza que debe ganarse el representante para mantener el apoyo que desde un inicio obtuvo de sus representados, para ello es necesario que realice algunas acciones de tipo simbólico. Aun así, el término responsividad, siendo de difícil traducción y definición, parece prestarnos ayuda en el camino de entender fenómeno tan complejo (la representación política) y, hoy más que nunca, tan importante y crucial para continuar concibiendo a la democracia representativa, como una alternativa que no encuentra competencia, por lo menos, y a decir de otros estudiosos (y que en cierta manera nos complace a todos aquellos que nos aferramos a los principios de libertad, igualdad y fraternidad), desde el desplome sucedido en la ciudad de Berlín. En cuanto a las elecciones, como veremos más adelante, se ajustarían a determinados requisitos mínimos de tal manera que otorguen a la condición de “representante” aquello que denominamos “legitimidad”. Dentro de las incontables definiciones de este término, consideramos pertinente la siguiente: “… Capacidad de un sistema político para engendrar y mantener la creencia de que las instituciones políticas existentes son las mejores del mundo… o que, si bien no son particularmente buenas, no hay otras mejores”(6). La legitimidad descansa entonces, en un factor subjetivo. Confianza. Definirla no implica mayores complicaciones, como sí, medirla. Nuestra democracia representativa, tiene un gran desafío; mas aún, si el contexto en el cual opera se caracteriza por profundas inequidades, desigualdades e injusticias ancestrales e históricas. Lograr que la gente confíe en ella, que exprese aceptación, conformidad y satisfacción porque observa y siente que sus necesidades son atendidas y sus problemas solucionados; es la gran tarea de nuestra democracia representativa. Pero necesita del auxilio de la propia gente, que a cualquier costo y frente a otras alternativas, la prefieran a ella. Respecto al rol que asumirían los representantes como tales, implica el reconocimiento y aceptación de los mecanismos que –por decirlo de alguna manera– encuadrarían sus acciones, delimitando sus funciones y fines. Pero estos roles tienen que cumplir con el requisito de responsabilidad, ante los representados; estos es, rendir cuentas. Lo que nos lleva directamente al acto de control que los representados someterían a sus representantes. Como escribe Pitkin, “lo que define a la representación es la responsabilidad ante el gobernado”(7). Pero respecto a este control ejercido por los representados hacia sus representantes, que aparece junto con la “nueva corriente democrático-participativa que surge en el contexto occidental de los años sesenta”(8), se discute si tiene que ser en el momento electoral –nace y muere con, y en el sufragio– o interelectoral –periodo comprendido entre elección y elección–. Dentro de este factor, el control, estarían comprendidas las consultas populares de revocatoria que, en nuestro país, se vienen realizando desde el año 1997, hasta la sexta que se ha realizado en diciembre del presente año, para destituir de sus cargos a no muy pocas autoridades municipales. Pero también, además de su corta historia que presenta matices y resultados diversos, invita a un debate y una reflexión en cuanto a definir sí realmente expresa, dentro de la participación ciudadana, una sincera voluntad de mejorar las relaciones entre representados y representantes, de cara al cumplimiento de objetivos en pro del bienestar general (obviamente, delimitado en una determinada circunscripción territorial), o simplemente, obedece a otros criterios e intereses, alejados totalmente de una sana voluntad en bien de la democracia. Precisamente, en torno a las consultas populares de revocatoria del mandato de autoridades municipales(9), girará el tratamiento y desarrollo del presente ensayo, y básicamente, la participación electoral implicada en las diversas convocatorias y los móviles –que desde un primer momento, hacen suyos los promotores y otros actores implicados– que hacen posible su realización. Y dado que la participación electoral es un fenómeno fundamental que sostiene al edificio de la democracia representativa –aun sabiendo que la representación política no necesariamente nace de un proceso electoral–, será tratada también, comparativamente, el comportamiento que ha mostrado en los otros procesos electorales realizados en nuestro periodo de estudio. Nohlen, escribe que es necesario “una alta concurrencia del soberano, el pueblo, al acto electoral”(10) para que la democracia pueda cumplir con las expectativas que se han generado en torno a ella. Aun, cuando los factores limitantes de la participación difícilmente pueden ser señalados con certeza, aquella puede emplearse para medir el desempeño de los organismos electorales. Pero no sólo se trata de encontrar y explicar las causas que condicionan o limitan la participación electoral, se trata también de explicar la influencia de ella, o el papel que juega frente a la “legitimidad” que necesitan adquirir las opciones ganadoras, en un determinado proceso electoral. En nuestro país, la participación electoral gira en torno a porcentajes entre 74 y 90% en las elecciones presidenciales; y entre 64 y 84 por ciento en las elecciones regionales(11) y municipales; porcentajes que se repiten en las consultas populares de revocatoria. A excepción de las elecciones regionales y municipales del año 2006, en las cuales la participación electoral alcanzó el 87%, y en las elecciones municipales del año 2007, que sólo se realizó en dos distritos recién creados(12), donde el 92 por ciento de los ciudadanos registrados en el padrón electoral, asistió a emitir su voto. Observamos también que en las elecciones municipales complementarias(13), aquellas que se realizan en las circunscripciones donde se anulan las elecciones municipales, y en aquellas donde sus autoridades han sido revocadas mediante consulta popular; la participación electoral se eleva, en relación a las elecciones municipales, que podemos llamar “ordinarias”. Ello, no necesariamente implica que los representantes elegidos mediante elecciones municipales complementarias, posean mayor legitimidad que aquellos elegidos en elecciones municipales –ordinarias–; sobre todo cuando contrastamos los datos estadísticos con los observados en las consultas populares de revocatoria, a las cuales responde. En los otros procesos electorales, como los referéndum de los años 1993 y 2005 (para aprobar la nueva Constitución Política, el primero; y para la integración y conformación de regiones, el segundo), al igual que el proceso para elegir al Congreso Constituyente Democrático (realizado en noviembre del año 1992), los porcentajes de participación electoral no difieren mucho de los observados en los comicios generales anteriormente mencionados. La participación electoral, entonces, porcentualmente, difiere entre un proceso electoral y otro, de acuerdo a la magnitud o dimensión que expresa (nacional, regional, local o de consulta). A primera vista, puede suponerse que el electorado asiste al sufragio de acuerdo al nivel de importancia que él mismo otorga al proceso electoral en el cual, decide o no, participar. No obstante, medir e identificar el grado o nivel de esta importancia concedida, resulta una tarea que nos remite al uso de métodos de mayor precisión, y aún así, dada las complejidades de la subjetividad humana, los resultados obtenidos pueden no ser el reflejo exacto del fenómeno. NOTAS: 1. Ángel RODRÍGUEZ DÍAZ; “Un marco para el análisis de la representación política en los sistemas democráticos”. En: Revista de Estudios Políticos (Nueva Época) Nº 58; octubre-diciembre 1987 2. Aunque luego admite que definirla, es una cuestión espinosa. 3. Es un tema bastante tratado por diversos autores, como Ángel RODRÍGUEZ DÍAZ (1987) y Francisco J. LAPORTA (1989), por ejemplo, pero tomando como base la obra “Los conceptos de representación” de Hanna PITKIN, publicada por primera vez en el año 1967 por el Centro de Estudios Constitucionales, en Madrid. La obra de esta autora, al parecer, constituye uno de los pilares teóricos de toda una gama de postulados que tratan sobre la representación política. 4. Ángel RODRÍGUEZ DÍAZ; Op. Cit. 5. Citados por Ángel RODRÍGUEZ DÍAZ; Op. Cit. 6. Carlos OLLERO. “El sistema representativo”; Conferencia pronunciada el 1 de marzo de 1961 dentro del ciclo de Experiencias políticas del mundo actual, organizado por el Instituto de Estudios Políticos durante el curso 1960-61. En: Centro de Estudios Políticos y Constitucionales. Web site: http://www.cepc.es/rap/Publicaciones/Revistas/2/REP_119_061.pdf 7. Hanna PITKIN; citada por Angel RODRÍGUEZ DIAZ; Op. Cit. 8. Ángel RODRÍGUEZ DÍAZ; Op. Cit. 9. Es el nombre oficial que las diversas resoluciones de convocatoria, expresan. Hasta la fecha, no se han realizado aún, consultas populares para revocar mandatos de autoridades regionales. Aunque sí, en varias circunscripciones se han presentado las solicitudes respectivas. 10. Dieter NOHLEN; “La participación electoral como objeto de estudio”. En: Revista Elecciones Nº 03; pp. 137-157; ONPE; Lima, julio de 2004. 11. Hasta la fecha se han realizado dos elecciones regionales, en los años 2002 y 2006. Aun, realizándose simultáneamente con las elecciones municipales de esos años, la diferencia entre una y otra, es que en las regionales no participan los electores de la provincia de Lima. Y en estas elecciones, la participación alcanzó el 83% y el 87%, en el primer y segundo proceso respectivamente. Marcada diferencia con la participación electoral observada en las elecciones municipales, incluso, las realizadas simultáneamente. 12. Canoas de Punta Sal (de la provincia de Contralmirante Villar, en el departamento de Tumbes), y Manantay (provincia Coronel Portillo, en el departamento de Ucayali). 13. En nuestro periodo de estudio se han realizado 07 procesos electorales de esta naturaleza, en el año 1996 (la primera), 1999 y en los años del 2003 al 2007.

lunes, 30 de marzo de 2009

¿EXISTIÓ UNA GENERACIÓN LITERARIA EN LA DÉCADA DE LOS NOVENTA?

(Extracto de ensayo inédito) ¿QUÉ ES UNA GENERACIÓN? Obviamente, referirse a una generación, estamos refiriéndonos a un grupo de sujetos con existencia propia que ocupan un tiempo (¿Cuándo?) y un espacio (¿Dónde?), expresan un movimiento (¿Cómo?), tienen una causa (¿Por qué?), y anhelan una meta (¿Para que?). Estos sujetos que en algún determinado momento se reunieron, se agruparon y se juntaron, fue gracias a la similitud en sus inclinaciones estéticas (literatura, principalmente) o a la coincidencia de practicar una misma labor: El ejercicio literario. Si nos remitimos al diccionario de la lengua española, entre otras acepciones que contiene la palabra “generación”, está la siguiente: “El conjunto de los coetáneos”. Coetáneos, en la lengua española, se refiere a las “personas o cosas que viven o coinciden en una misma edad o época”. Época, entre otras acepciones, es “cualquier espacio de tiempo”. Entonces, el conjunto de personas con edades coincidentes que ocupan un espacio de tiempo determinado, es el significado más entendible que podemos otorgar al vocablo “GENERACIÓN”. Concluyendo, basta esta sola acepción, “el conjunto de los coetáneos”, para afirmar la existencia de una generación en la década de los 90 en la ciudad de Chiclayo. Pero a partir de aquí, pretender la misma afirmación de una “generación literaria”, ya estamos abordando otras áreas, mucho mas complejas que la coetaneidad y el espacio-tiempo. El término “literario”, en cualquiera de los géneros, necesita de argumentos que lo expliquen, desde otros ángulos, para aceptarlo en su real dimensión. Dimensión, obviamente, que comporta una multidimensionalidad conceptual. Por ejemplo, los enfoques valorativos, epistemológicos, pedagógicos, culturales, políticos, económicos, y otros; son básicos y necesitan ser revisados para siquiera, aproximarnos interpretativamente a una acepción común y consensuada, que nos permita hablar un mismo idioma y lograr el entendimiento que de por sí, nos induce, toda actividad y tarea académicas. El profesor Néstor Tenorio Requejo, identificándose con la concepción de “generación” que asume Ortega y Gasset —a quién cita—, nos da luces sobre este embrollo semántico; y parafraseando a Ortega y Gasset, nos explica en los términos siguientes: “... entiende por generación a una elite, a un conjunto selecto de personalidades tocadas por el fuego del espíritu y, por tanto, encarnaciones de la Idea o del Bien, la Belleza y la Verdad” (Rev. Metáfora N° 1 Pág. 12) Y más adelante, agrega: “Mas bien, a manera de iluminar este asunto de la generación digamos que hay consenso en establecer siete condiciones que tipifican a una generación” (Op. Cit.) Señalándolas, en este orden: 1. Coetaneidad o coincidencia en el nacimiento de sus integrantes, en un espacio no mayor de 15 años. 2. Homogeneidad en su educación o formación intelectual. 3. Trato humano o relaciones personales entre los miembros de la generación. 4. Acontecimiento o experiencia generacional unificadora. 5. Caudillaje o existencia de un jefe espiritual reconocido por la generación. 6. Lenguaje peculiar generacional de la generación. 7. Anquilosamiento de la generación anterior. De entre estos siete puntos señalados, debo aclarar que el punto cinco (5), definitivamente, fue totalmente ajeno a los noventinos; y si se tratara sólo de ese indicador, es coherente manifestar que no existió la generación literaria del 90 en la ciudad de Chiclayo (evitando extender esta reflexión a la circunscripción nacional). Sin embargo, los demás ítem, sí recogen y expresan las características de la generación de los 90. Entonces, sí existió la generación de los 90. Lo que respecta al vocablo “literario”, prefiero no inmiscuirme en sus acepciones, a riesgo de concluir en una intención académica difusa y dilatativa del objetivo central del presente escrito. Me atrevería sí, indudablemente, sin alejarme del diccionario de la lengua española, pretender una acepción inocua académicamente. De acuerdo al diccionario en mención, literario: se refiere a todo lo “perteneciente o relativo a la literatura”. Y literatura: en su acepción primera indica un “Arte bello que utiliza como instrumento la palabra”. Siempre, con el afán de evitar toda confusión academicista, quito la frase “Arte bello” —porque sugiere una marca subjetiva muy difícil de consensuar— y me quedo con la ”utilización instrumental de la palabra”, escrita o hablada. En este sentido, literario, como actividad que implica la utilización de la palabra, reafirmo la existencia de la generación literaria de los 90 en la ciudad de Chiclayo. Si existió como tal. Expresó, entre otras cosas, una heterogeneidad muy marcada en su temática y en otras manifestaciones discursivas, pero existió. Esta generación ocupó un tiempo, la década del 90; abarcó un espacio, Chiclayo; expresó un movimiento, grupos de reunión, de debate, de cooperación recíproca; tuvieron una causa, anhelo de difundir, publicar, expresar sus pensamientos, creencias y criterios estéticos en forma de cuentos, poemas, artículos y otros; y anhelaron una meta, editar una revista, una plaqueta, un volante, un mosquito, etc.; o en sus propias palabras: “darse a conocer”. ¿EXISTIÓ LA GENERACIÓN LITERARIA DE LOS 90? Quiénes niegan He preferido partir de una negación de la generación de los 90, como tal. Obviamente, a mí me resulta una percepción bastante radical y que no acepta discrepancias ni un espacio para medias tintas, la percepción de Marcel Velázquez Castro, por ejemplo. Su concepción es la siguiente: Pese a padres putativos, rótulos infundados y algunas muertes sorpresivas: no existe una generación de los 90. Aunque no faltaron grupos literarios, grotescos movimientos y figuras tragicómicas, jamás se logró articular una propuesta integral respaldada por un conjunto de obras literarias significativas. Los mayores aciertos de la década son logros individuales y enemigos de toda comunidad literaria. (En: la cena de las cenizas: Novela y posmodernidad en el Perú contemporáneo) Entendemos que la percepción de Marcel Velázquez haya una razón que la explica y la sustenta, como es la no concretización de una propuesta integral a través de una producción literaria, agregándole a esta producción, la condición de ser “significativa”; así como, la tenencia de “padrastros”, no de padres. Tardaríamos siglos quizás, en lograr una connotación consensuada del termino “significativo” que utiliza Velázquez al referirse a la producción literaria de los 90. Desde la primera intención para elegir los indicadores que nos permitan sostener la “significatividad” o no de tal producción, hasta la construcción del real significado que implica el vocablo “significativo”, sospecho, no lograremos un camino sin conflictos y discrepancias donde cada uno valide y exprese su particular percepción del término en cuestión, hasta hacerla prevalecer sobre las demás de igual rango, importancia y legitimidad. Velázquez no reconoce que la ausencia de una propuesta integral pueda constituir la característica de una generación. Martín Paredes y Ricardo Zavaleta, emiten una percepción similar: Empecemos afirmando que no existe una generación de los 90, ni nada que se le parezca. Ante la aparición de la gran cantidad de obras, la crítica periodística (ejercida en nuestro medio con poca seriedad) pretendió ver el surgimiento de un movimiento o generación de narradores. Con criterio oportunista y facilista se quiso homologar y estandarizar a todo estos jóvenes escritores... nada más errado que etiquetarla como generación, ya que si algo pudiera definir a este grupo de jóvenes propuestas es su conformación heterogénea y las diferentes tendencias y voces que presenta. (Martín Paredes y Ricardo Zavaleta; Op. Cit.) No sólo niegan la existencia de una generación de los 90, sino, que todo rastro, señal, indicio, pretensión o signo que sugiera lo contrario, también es negado y con la misma certeza y convicción que no da lugar a replica ni siquiera para otorgar el beneficio de la duda. Y de una manera casi irónica y hasta con cierto rechazo a la labor periodística, culpan a ellos (los periodistas) por utilizar el término “generación” sin una razón académica que lo justifique, tan sólo movidos por un factor netamente emotivo por la aparición de una “gran cantidad de obras”. Sin embargo, finalizando el párrafo citado, al señalar a la heterogeneidad como una marca en el discurso de este grupo de jóvenes, están ya, sosteniendo la existencia aunque sea, de un grupo; heterogéneo, pero ahí está. Existe ese grupo, se manifiesta, hace presencia, actúa, deja una marca y expresan, lo repito, una heterogeneidad. Un conjunto de sujetos que practican una labor común: Escribir. En todo caso, Paredes Y Zavaleta, asumen la hipótesis de no existencia de la generación de los noventa, a partir de una concepción de “generación” que a priori han elaborado y utilizan para concluir en esa afirmación. Básicamente, esta concepción de generación que ellos asumen, interpreto, necesita el requisito necesario y fundamental de “homogeneidad en el discurso”. Entonces, al no existir esa homogeneidad, no existe generación. Otra versión (la tercera) que niega la existencia de la generación del 90, es la de Peter Elmore (Dr. En Literatura, limeño de nacimiento), en una entrevista concedida en el año 1999, declara: ... no existe una generación de los 90. Lo que hay es un momento de recomposición del espacio literario o del gremio literario –si tal cosa existe en el Perú–, y gente de distintas edades que, por ejemplo, hubiera podido comenzar a publicar cuando tenía veinte años, pero publica en los treinta. (Entrevista realizada por Agustín Prado y Marcel Velázquez Castro. Lima, agosto de 1999) Otros son los factores que sugiere y toma Elmore, para negar la existencia de una generación literaria de los noventa. El elemento cronológico en las edades de los literatos y el tiempo en el cual deciden publicar sus obras literarias. Me atrevo a señalar que el autor insinúa la necesidad de una relación “tiempo histórico” (en la acepción común de la frase, no en la acepción Gramsciana) con lo que, a título personal, denominaría “tiempo-espacio individual”. Esta relación, no debería abarcar más de una década. En otros términos, Elmore, pretende concebir la edad cronológica de una persona, por ejemplo 20 años, como la edad precisa para publicar o difundir sus creaciones literarias. Pasada esa edad, el autor deja de pertenecer al espacio-tiempo histórico, siempre en el lapso de una década, y pertenecería a la década de otro espacio-tiempo. Se pertenece a la década en la cual se publica la obra literaria. Alejándonos de esta discusión academicista que podría mostrar una coloración bizantina, Elmore, deja entrever un movimiento literario en la década en cuestión —los noventa— al que le niega el calificativo de “generación”, para otorgarle el denominado “recomposición del espacio literario”. No ofrece mayores características, desde su perspectiva, a esta labor o fenómeno de recomposición que él señala. Quiénes no niegan Por otra parte, Fernández Trujillo y María del Carmen, estudiantes limeños, sustentantes universitarios, se refieren a ella así: “... en los noventa, los discursos épicos de protesta y reivindicación de décadas anteriores pierden consistencia y densidad y son reemplazados por la revalorización de la vida misma, la individualidad; llena de conflictos, violencia, incertidumbres, búsqueda de placeres para olvidar los malos momentos, y esperanza”. (Tesis: “Cine, Sociedad Y Cultura En El Perú De Los Noventa: Análisis Temático De Tres Cortometrajes Realizados Por Jóvenes Directores”. UNMSM) Estos estudiantes ya señalan a la individualidad como la característica que identifica a la generación de los noventa, apreciación que, en ese sentido, se asemejará a muchas otras. Y más adelante, parafraseando a Venturo, Fernández Trujillo y María del Carmen, en su caracterización de los jóvenes de la generación de los 90, señalan que: ...era normal que a los jóvenes de los noventa se les tildará de displicentes con lo público político...(pues) la generación de los noventa ha sido catalogada también como la generación adversa a la crítica... En los noventa, sobretodo, el pensamiento crítico es asociado a la demagogia y al dogmatismo... (Op. Cit.) Venturo, señala con mayor precisión y de alguna forma, entiende el por qué del individualismo, en la interpretación de Trujillo y Maria del Carmen, debido a la demagogia y al dogmatismo del que hacía uso el pensamiento crítico de la época. Desde ya observamos que la generación de los 90, en la visión de Venturo, sugiere y pretende dar paso a un nuevo tipo de pensamiento que sea, ante todo, “no-dogmático” y “no demagógico”. Asimismo, puede entenderse, a partir de la lectura de los mismos párrafos, que esa época —la del noventa— la demagogia y el dogmatismo, fueron características típicas del pensamiento critico o del pensamiento académico. Razones que, entre otras —intuyo—, impulsaron que la generación joven, no necesariamente de manera intencional, asumiera actitudes y comportamientos —siempre desde el lente de Venturo— que suponen un espacio relegado y de segundo orden a las preocupaciones sociales, a la coyuntura, a la realidad observable, a los hechos sociales, a lo político, al poder, etc.; y en su lugar, priorizar sentimientos, sensaciones, anhelos y preocupaciones desde un orden estrictamente individual; quizás, de matices hedonistas, lúdicos, erotómanos, oníricos, etc. No niega a la generación en cuestión, sin embargo la señala como una generación adormilada o dormida, pero que de pronto, despertó, o la despertaron de su letargo después de tanta juerga y diversión, a espaldas de, y divorciadas de la coyuntura. Otra y no muy diferente apreciación de esta generación es la que otorga José Carlos Yrigoyen: ... los noventa, un período chicha, en el que la dictadura adormiló a los poetas. Y ahora ellos son los hijos del terrorismo urbano, que por entonces no tenían conocimiento de lo que sucedía a kilómetros, salvo por uno que otro coche-bomba. Son poetas que no han tenido una perspectiva real de lo que pasó. (En: “Libertad bajo palabra”. Una entrevista por Francisco Izquierdo Quea; Lima, 1980. Publicado en Revista Quehacer N° 149) Yrigoyen, releva el papel que jugó la lucha armada en la década de los noventa —“periodo chicha”—, fenómeno político que la generación de los noventa no la distinguió porque permitió que la “adormilaran”, por lo tanto, no conoció ni comprendió en su real dimensión a este fenómeno que marcó la década de los 90 en nuestro país. A la generación de los 90, aclaramos, dentro de una gama de cualidades a las que se le ha relacionado, resalta la de “Individualista”. Una generación que prioriza su intimidad, sus percepciones y utiliza la subjetividad como unidad de medida para rechazar, apreciar o concebir las cosas, hechos, ideas y pensamientos; y postular o tomar partido por alternativas totalmente diferentes, cargadas con fuertes dosis de indecencia, rebeldía e informalidad. Yrigoyen, se refiere a la lejanía o divorcio con la coyuntura que podemos hallar en la temática de la poesía de los 90. Responde así, a una pregunta que se le hiciera al respecto: ... el gran problema de la poesía de los noventa es su falta de conciencia ante la coyuntura. (Op. Cit) Podemos interpretar este “divorcio con la coyuntura” como una de las expresiones del individualismo, típico en los jóvenes de los noventa. Al respecto, nuevamente, Fernández Trujillo y María del Carmen, sobre ello, se refieren de una manera más clara y entendible: ... que el individualismo está referido a la actitud indiferente de los jóvenes hacia lo público-político y la poca valoración a las organizaciones o a los movimientos contestatarios pues, dentro de su lógica, no constituyen los medios para integrarse y vivir procesos de movilidad social positiva. (Op. Cit.) Y Sandro Venturo, parafraseado por Trujillo y Maria del Carmen, concluye en lo siguiente: ... Este individualismo en los jóvenes se expresa en su actitud defensiva frente a su animadversión y desconfianza a toda práctica política y en su yo responsable frente a su suerte y a sus metas para el futuro, metas concretas que debe cumplir en el menor plazo posible.(Op. Cit.) A partir de esta cita, Venturo, deja entrever el papel poco serio e irresponsable que jugó la clase política por medio de sus organizaciones político partidarias que, se entiende, en su lógica de la lucha por alcanzar el poder, al no cumplir o defraudar las expectativas que ellas mismas crearon, propiciaron la génesis de un clima social sostenido en la desconfianza y animadversión, ante lo que, ellos fueron los más perjudicados. En esos términos, cabe la utilización lógica del término “apolítica” para señalar una de las tantas características que expresó la generación de los 90. No, claro está, como sinónimo de “no políticos”, sino, no identificados con ninguna de las alternativas político-partidarias, existentes y operantes en el mismo espacio tiempo que ella ocupó. Siguiendo con las apreciaciones de observadores de la ciudad capital (Lima), que hacen de la generación de los 90, partiendo de la conducta que ella asume en la ciudad de Lima; Martín Paredes y Ricardo Zavaleta, escriben: La década del 90 se caracterizó -entre muchas otras cosas- por la eclosión de una literatura escrita por jóvenes y casi exclusivamente para ellos. Había llegado el necesario recambio generacional que revitalizó el campo de la narrativa peruana, ya que el panorama literario durante los años ochenta acusó la ausencia de jóvenes narradores (En: “Permiso para escribir”) Otro lente es el de Antonio Sarmiento, quién, en su artículo citado líneas arriba (refiriéndose a la generación de los 90 de la ciudad de Lima), escribe: “...esta hornada de poetas poseen, de manera colectiva, un sello propio que se da incluso, a través de la heterogeneidad y dispersión de estilos y tendencias por ello frente al rótulo-clisé de Generación del Noventa, nosotros anteponemos el término Poesía del Noventa...” (Op. Cit.) Una vez más, el individualismo, expresado en forma de intimismo —una mirada al yo, una introspección unilateral, un Eros exacerbado, un ego, un amor propio, una explicación del mundo exterior, a partir, de mi intimidad—, es señalado como una de los caracteres de la generación de los noventa. Sin embargo, estos mismos autores, se refieren a la década del 90 para caracterizar y emitir opiniones del ejercicio literario que realizaron jóvenes en ese pedazo de tiempo; pero no reconocen la existencia de una generación que los agrupe a ellos y ellas, como hemos señalad anteriormente. Sin embargo, “hornada”, por enésima vez, identifica a una generación, a una agrupación de sujetos que, aún heterogéneos y dispersos, constituyeron y dieron vida a la generación literaria en cuestión. Esta y otras voces ya indicadas, discrepan y contradicen a las voces que niegan la existencia de una generación literaria de los 90; como son las voces de Marcel Velázquez Castro, Martín Paredes y Ricardo Zavaleta (coautores), y Peter Elmore. En otros términos, heterogeneidad que otorga una rara y extraña, insólita “homogeneidad”. Tal vez, podría expresarlo de otra manera; los sujetos de la generación de los 90, son partícipes de una heterogeneidad ideológica, pero que les propicia una homogeneidad —en las palabras de Rocío Silva Santisteban— del “aura estética”. Los divide la ideología y la política, pero los acerca esa inevitable y poco comprendida quizá, “banal, fugaz”, atracción por la estética y el cultivo de la belleza. Ella nos señala: Sin duda lo que une a estos jóvenes escritores... es un aura estética. No se trata de un lazo unívoco a partir de la vivencia apasionada de una propuesta ideológica o política, sino simplemente de un sentimiento banal, fugaz, trágicamente superficial y dionisíaco. (En: “La novela joven. Una propuesta”. URL: http://www.desco.org.pe/publicaciones/QH/QH/qh116rss.htm ) Los noventa en la ciudad de Chiclayo Retornando a la delimitación espacial del presente escrito (Chiclayo), subrayo que se tomará en cuenta el movimiento que expresó la generación del 90, en la dimensión de colectivos (grupos o también denominados círculos literarios), no de individuos. Bajo esta referencia, cabe mencionar a los colectivos: ARBOLEDA (1993), DKVSA (1997), ARGOS (1991), UBICUOS MALDITOS (1991) —los años que señalo entre paréntesis, indican el año en el cual aparecieron—. Estas agrupaciones son nombradas porque se manifestaron en la ciudad de Chiclayo, específicamente. Quizás pudieron existir otras fuera de esta circunscripción, pero el autor no ha tratado de confirmar esta suposición, mas allá de entrevistas informales y superficiales, dirigidas a los sujetos que conformaron las agrupaciones ya mencionadas o a otros personajes de generaciones anteriores, llamados “los viejos”. Joaquín Huamán Rinza, en su artículo “La poesía de los noventa ¿Continuación de una tradición?”, se refiere a ellos así: “... encontraremos heterogeneidad entre ellos. Las diferencias de estilo saltan a la vista, cada cual marcha en busca de su propio derrotero y la irradiación de esa individualidad es ser cosmopolita” (Rev. Metáfora N° 1, Pág. 7) Desde ya puede notarse la individualidad como una de las características de los noventinos, en la percepción de Joaquín Huamán, percepción que no es única y que, coincidiendo con otras, le otorgan la debida veracidad. Es más, “Ellos” en esta cita, señala a un colectivo, un grupo, una sociedad, una generación. Estos sujetos coetáneos de los 90, que antojadizamente llamo “noventinos”, se agrupaban en distintos lugares y en una secuencia casi regular, en algunos casos (ARBOLEDA y DKVSA, por ejemplo), para compartir sus creaciones, en forma de lectura silenciosa o a viva voz, en manuscritos, en plaquetas o digitadas informalmente. A esta tarea, se sumaba la de “crítica” que del mismo modo, y sin ninguna norma formal, hacían uso los presentes a viva voz, de preferencia, o por escrito (ARBOLEDA y DKVSA, por ejemplo), de las propias obras que ellos daban a conocer; en otros casos, la crítica también iba dirigida a los autores. Y no sólo eso, también se ocupaban de obras de generaciones anteriores y de personajes ya reconocidos nacional o internacionalmente, compatriotas y foráneos, pero no constituyó el eje central. A raíz de estas actividades, se entablaban debates encendidos y discusiones que, en algunos casos, se hacía partícipe al elemento ideológico, llegando a constituir, éste —en contados casos— el elemento central y factor de cohesión del grupo en el debate. Sin embargo, no se llegó a elaborar y emitir algún tipo de manifestación que presuma de contener el ideario colectivo del grupo, referente a las consideraciones que se pudieran tener sobre el quehacer literario, ya sea en la localidad, en la región, en el país o en el mundo. Hubo sí, más de un intento en ese sentido (DKVSA, por ejemplo, en el primer número de su publicación que llevaba el mismo nombre), sin embargo, incluso habiendo editado y difundido algún escrito que presuma de expresar ello, no alcanzó mayor connotación ni la sociedad le aportó la seriedad que, se supone, este tipo de difusiones merece. Quizá, relativamente, pudo haberlo logrado; en todo caso, fue un logro sucinto, fugaz, casi imperceptible. Por su parte, Nicolás Hidrogo, en sus “9 Asedios a la Generación Literaria Juvenil Lambayecana de los 90”, se refiere a los noventinos, así: “Fue una generación de estudiantes o aspirantes a profesores de Lengua y Literatura, Sociología o Derecho; en otros casos, autodidactas o simples juergueros en búsqueda de grupo”. Años después (abril del 2004), Nicolás Hidrogo, fortaleciendo su percepción de los noventinos, escribirá lo siguiente: “En realidad la generación de los 90 es una generación subterránea, y en algunos casos clandestina del margen oficial, con un ensortijado de pose, exhibicionismo, llamada de atención, figuretis, pero existió... Fue una generación predominantemente poética y articulera, de recital y de juerga... muy dividida y soberbia... noctámbula...pero también incursionó en la narrativa” (“Literatura de los 90 en Lambayeque”. En Rev. Metáfora N° 1 Pág. 3) Y en el epílogo de su libro “Generación de los 90 o Generación Plaqueta en Lambayeque”, Hidrogo, en mi apreciación, construye una descripción bastante exacta de esa generación literaria de —y desde— la ciudad Chiclayo. Escribe: La generación literaria de los 90 en Lambayeque fue una generación inmadura para el éxito, desorganizada, mediática, juerguera, humera, efectista, de pose, cargada de odios y rencores cismáticos que no conocieron líder alguno porque no sólo se sentían huérfanos de influencias, lectores, mentores, exegetas, mecenas y público, sino también huérfanos de unidad y solidaridad humana y respeto por lo que cada uno aportaba. (Op. Cit.) A este punto y después de tomar diversos textos escritos por Nicolás Hidrogo, vale resaltar que él, se ha erigido y constituye uno de los autores “noventinos” más dedicados a describir, estudiar y escudriñar, desde su óptica propia y particular, las actividades y presencia de la generación literaria de los 90 de la ciudad de Chiclayo; y no sólo eso, sino que se atrevió a difundir y publicar sus conclusiones e hipótesis. A su turno, Luis Heredia, un integrante de la generación de los 90 de la ciudad de Chiclayo, sobre ella, anota: En los poetas y escritores “emblemáticos” de esta generación denotamos una actitud de engreimiento que solo lleva a perpetuar la maquinaria voraz del snobismo literario, llegando a la “pose” y al “desmadre” total, perdiendo toda perspectiva, todo horizonte, centrándose básicamente en aspectos domésticos... (En: “¿Poesía del Desencanto o Poesía de la Apatía?”. DKV S.A. N° 1, Pág. 3. Chiclayo, octubre de 1997) Para Heredia, la generación literaria de los 90, fue una “generación doméstica”, permitiendo talvez, que el snobismo literario se apodere del espacio que se supone, sólo a ella le corresponde copar. Sin embargo, individualismo, es un término que nos permite construir distintos y diversos enfoques, a razón de la flexibilidad que conlleva su acepción. Algunos lo relacionan con egoísmo y perversidad; otros, con impotencia e ignorancia, miopía social, ineptitud, y hasta con estupidez. Nunca, con solidaridad, cooperación ni identificación de cuerpo o de pertenencia social. El periodista y poeta, Larcery Díaz, residente en la ciudad de Chiclayo (citado por Joaquín Huamán), se referirá a la generación noventina en los siguientes términos: “Son de una rebuscada sencillez y deliberado descoyuntamiento del verso, con nuevas fórmulas literarias que aparecen como si sus autores quisieran fugar de lo estrictamente poético... se han atrevido a buscar un nuevo lenguaje, un nuevo espíritu a la poesía lambayecana” (Rev. Metáfora N° 2 Pág. 7) La particularidad en esta visión de la literatura noventina, y que contrasta con las otras, es que la relaciona con una búsqueda de la identidad de la poesía lambayecana. Por ejemplo, un par de años atrás, escribí un primer artículo (que en ese entonces, lo identifiqué con el intento de un ensayo sobre los noventinos) y después de muchas dudas y de saltar ociosas cavilaciones; en el cual, en uno de sus párrafos, expresé lo siguiente: “El temor a sí mismo, el deseo carnal, el aburrimiento, la apatía, la anomia, admiración hacia el anarquismo, el ateismo, la contranatura, los alucinógenos, la bohemia, la imitación fácil, la transculturización rimbombante, etc. Caracterizan y colorean la producción literaria de los 90, en la ciudad de Chiclayo” (“Ideología y literatura de los 90. Caso Chiclayo”. En Rev. Metáfora N° 1 Pág. 6) El profesor Dandy Berrú Cubas junto a otros, se suma a las voces que admiten la existencia de una generación literaria de los 90 en la ciudad de Chiclayo; respecto a la temática tratada en sus debates y tertulias, la describe así: “Pero las conclusiones a las que se llegaba... era de disconformidad, rebeldía reprimida contra el sistema, así como de acentuado desencanto” (“A propósito de los ARBOLEDA y sus ‘Cantos de Ahora Mismo’”. En Rev. Metáfora N° 1, Pág. 2) Si existió o no, la generación literaria de los 90, es una inquietud que demanda a quienes se atrevan a responderla, señalar anticipadamente, el enfoque académico-epistemológico desde el cual abordan su apreciación, así como el marco teórico-conceptual que utilizan para justificar su discurso. En caso contrario, toda respuesta dada, podría no constituir una contribución favorable a su aclaración. (Este artículo es el estracto de un capítulo de un ensayo inédito sobre la generación literaria de los años 90, que lo presenté como ponencia en un evento literario en la ciudad de Chiclayo.)