jueves, 29 de octubre de 2009

LOS HOMBRES Y LOS BURROS

Desde nuestros abuelos hemos escuchado las comparaciones que se hacían de dos mamíferos bastante familiarizados el uno con el otro, debido a tareas laborales y de ayuda recíproca, de preferencia: el hombre y el burro. “¡Eres un burro!” es una apreciación que en la mayoría de los casos denota un sentido peyorativo y discriminatorio, es decir, es un insulto; pero en otros pocos casos, refiere un sentido compensatorio y adulador, es decir, es un halago. Cuando es un insulto, alude a la capacidad cognitiva e intelectual, la habilidad racional o nivel académico que posea el aludido. “¡Eres un burro!”, aquí burro adquiere el sinónimo de “bruto”; esto es, se quiere decir “eres un bruto” —sin ofender al animal, claro está—. Y en una sociedad del conocimiento —cosa que ya casi nadie discute porque en alguna forma nos permite a todos, sentirnos inteligentísimos o en aras de lograrlo—, realmente es un insulto. ¿Lo sabrán nuestros docentes? En cambio, cuando es un halago, alude a la capacidad copulativa, carnal, erótica y hasta pornográfica, a la habilidad genital en el campo de la “resistencia” y fortaleza sexual (los sexólogos tienen mayor autoridad para aclarar y referirse a ello de una manera más apropiada, por supuesto; y como lo dice un comercial: “El tamaño sí importa”), es decir, “¡Eres un burro!” adquiere o supone una expresión más o menos así: ¡Qué burro —el hombre—!, expresión que comúnmente se emite a oídos y entre curiosas mujeres. Obviamente, no creo que sea asunto de género, solamente. Cuando se trata de un halago, indudablemente, en esta sociedad masculinizada y machista, el aludido, infla el pecho, camina más erguido de lo normal y dirige una mirada de buey, o algo así; es el único caso que se conoce en que un hombre permite que se le considere un animal y se enorgullece de ello —puede ser el caso de uno de nuestros congresistas—. Paralelo al orgullo del aludido, muchos susurros femeninos se convierten en suspiros y en uno que otro oculto deseo inconfesable, por supuesto. Cuando se trata de un insulto, aunque esta sociedad raras veces premia a la inteligencia —de otra forma no podría explicarse las actitudes de muchos de nuestros gobernantes y autoridades—, el aludido, no tiene otra opción que ocultar su rostro sonrojado y herido y buscar a sus pares para compatibilizar capacidades cognitivas y otras afinidades racionales. O como dicen muchos, “Dios los crea y ellos se juntan”. Ahora, con las disculpas que le podamos deber al animal en cuestión —me refiero al burro—, no entiendo porque también, en casos parecidos o en otros, no existe la frase dirigida a un burro: “¡Eres un hombre!”. Temo que si algún día los burros llegaran a comunicarse con nosotros en una lengua inteligible, nos propicien una infinidad de insultos muchos más peyorativos y ofensivos que los propiciados por nosotros, hacia ellos. Ahora, una cosa es optar por actuar como un burro, siendo un hombre; otra es sentirse un burro y pretender actuar como tal, cosa que ya merece la atención de las ciencias psicológicas y médicas, según sea el caso; y otra cosa es creer que la naturaleza del burro puede ser compatible con la del hombre y pretender justificar y disculparse después de haber cometido algo más que una simple “burrada”. Alguno de nuestros congresistas, dada la experiencia en el tema, podría entenderlo un poco más y explicárnoslo, cómo no. Sin duda alguna, evitando ser escuchado por las burras. Y para terminar esta nota poco seria, dado que la pura seriedad nos podría enfermar mucho más, después de tanto espectáculo congresal, me permito una inquietud poco atrevida: ¿Se aceptarán burros en las listas de candidatos del próximo proceso electoral general?

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