martes, 11 de octubre de 2011

JUGANDO CON LA MUERTE


Walter Oyarce Dominguez, de 23 años de edad, el día sábado 24 de setiembre salió de su casa con dirección al Estadio Monumental en el distrito de Ate (cono este de la ciudad de Lima Metropolitana) a observar —y gozar— un partido de futbol entre los equipos históricos de futbol profesional: Alianza Lima (AL) y Universitario de Deportes (la “U”), y quizá, ganar una apuesta con algunos de sus amigos dependiendo de los resultados del partido; pero su vida terminó trágicamente en ese moderno edificio que es el Monumental de la “U”. Lamentablemente, uno de los miles de espectadores que decidió ese día participar de una actividad recreativa, no volvió a su casa con vida. Murió asesinado, en circunstancias que aún son materia de investigación policial.
Días después, entre las medidas inmediatas tomadas en respuesta a este acto criminal, está la suspensión de los partidos del torneo descentralizado de futbol programados para hoy día domingo en diversos estadios, por la Asociación Deportiva de Fútbol Profesional (ADFP). Sin embargo, la primera idea para evitar otra tragedia similar, fue dada por el Ministerio del Interior, consistente en prohibir la entrada de público a los estadios durante el juego de los partidos.
Algunas otras voces han sugerido prohibir el ingreso de los hombres, justificándose en la hipótesis que sólo los hombres son los violentos, salvajes y vándalos. (Ésta medida fue tomada en Turquía, y al parecer, no hubo violencia ni griterío intimidatorio en el estadio). Gaby Pérez Del Solar, Congresista de la República y ex integrante de la Selección Nacional de Vóley, fue más directa y sin pelos en la lengua habría dicho: “Si por mi fuera, yo eliminaría el futbol”.
Si la pelota o el futbol se machan o no con la sangre derramada en el estadio, es otro de los temas que ha generado un debate que divide a los participantes en él, en dos bandos o facciones irreconciliables. Por un lado quienes sostienen que los actos vandálicos y criminales no son parte del futbol, sino de los delincuentes que ingresan al estadio (pagando su entrada, por supuesto) o que fuera de él, en las calles, toman el nombre, la euforia y la pasión del futbol, para protagonizar actos propios de salvajes y bárbaros, dejando a su paso, innumerables víctimas de robos, lesiones, maltratos, mentadas de madre y hasta de escupitajos.
Milton Rojas, miembro de CEDRO, manifestó que “las drogas exacerban la conducta, desinhiben pasiones y rasgos de la personalidad, desatan comportamientos incontrolables, antisociales y psicopáticos en los jóvenes”, aludiendo que los asistentes al estadio que protagonizan ese tipo de actitudes agresivas y delincuenciales, es porque son consumidores de algún tipo de drogas ilegales.
Por otro lado, quienes sostienen que la muerte de Walter Oyarce sucedió porque fue al estadio a ver el partido de futbol. El móvil de su asistencia y participación en el estadio ese día domingo, fue por apoyar, avivar y vitorear al equipo de su preferencia. Detrás de su muerte, está un partido de futbol. Entonces, el futbol, sí queda manchado —con sangre—.
El director de la Estrategia de Salud Mental del Ministerio de Salud, Manuel Escalante, expresó que “la misma sociedad es la que vuelve violenta a las personas”, empezando por la familia que utiliza medidas violentas para sancionar o “educar” a los niños y niñas.
Sea como fuere, se ha perdido una vida humana en circunstancias que todos concebimos son producto de la recreación y diversión sanas. En un espacio donde la seguridad está garantizada o por lo menos no es motivo de preocupación. Y si la seguridad es uno de los aspectos que más preocupa en un estadio durante un partido de futbol, entonces, desde hace mucho que el futbol se ha convertido —o lo han convertido— en un desencadenante de la violencia en todas sus formas, y hasta en una de sus perversas características.
No le falta razón a la alcaldesa de Lima, Susana Villarán, cuando afirma que “La vida humana está por encima de cualquier otra cosa”; por lo que es urgente tomar medidas drásticas para frenar la continuidad de esta brutal tradición en los estadios, donde cualquiera de nosotros podría ser —Dios no lo quiera— la siguiente víctima.
La pregunta, aunque se ubica fuera de los linderos de la lógica y muy próxima a la especulación,  que surge en respuesta a las hipótesis o explicaciones que tratan de presentar inmaculado al llamado “deporte rey” —que bien podría ser llamado “deporte sin ley”—, es la siguiente: ¿Si Walter Oyarce no hubiera ido al estadio a ver el partido de futbol, estaría muerto?

El Ministro del Interior, Oscar Valdés, ya se pronunció sobre el crimen y fue muy tajante: “el equipo organizador (Universitario de Deportes) es el primer responsable sobre los hechos materia de investigación”, dijo, porque “en cualquier lugar del mundo, cuando se organiza un espectáculo, los que organizan son los primeros responsables”.

Walter Oyarce Delgado, padre del joven fallecido el sábado 24 de setiembre, dijo en una entrevista que “Dejemos de pensar que (el freno de la violencia en los estadios) es tarea de terceros, esta es una tarea que nos involucra a todos”, afirmó, puesto que es una violencia que no sólo se manifiesta en los estadios, sino, “en todos los niveles de la vida de las personas”, es decir, en todos los espacios de la sociedad. Nuestra sociedad.
Y no sólo es en nuestros estadios donde la muerte juega sus partidos a su manera, sorprendiéndonos a todos, y enlutando hogares. En la localidad de Arredondo (distrito de Cachachi, provincia de Cajabamba, en Cajamarca), el consumo de arroz, arveja, lácteo enriquecido y anchoveta en salsa de tomate proveídos por el PRONAA, provocó la muerte de tres niños y la intoxicación de más 90 comensales.
Las primeras reacciones de parte de funcionarios públicos fueron las menos idóneas e impertinentes. Pretender culpar a la cocinera, una humilde pobladora de la zona, generó malestar en los pobladores y familiares de las víctimas, declarando que pudo haber mezclado los alimentos o los utensilios utilizados en la preparación de los alimentos, con raticidas u otros pesticidas.
La muerte de una niñita de año y medio de edad en los ambientes de un wawa wasi en el distrito de Surco (por asfixia según los resultados de la necropsia), es también otra de las muertes que golpea hogares peruanos intempestivamente.
Al parecer, la negligencia y la omisión en el cumplimiento de responsabilidades, son los factores que están detrás de las últimas muertes ocasionadas en espacios e instituciones donde la seguridad es una de las prioridades a ofrecer y garantizar. Alguien tiene que asumir la responsabilidad, definitivamente; de lo contrario, ingresaremos en el reino de lo absurdo.
Como escribe Carlos Galdós, “Tengo miedo a acostumbrarme a que la muerte sea algo normal en estos días”. (Las calles, los bancos, las unidades de transporte público, los supermercados, los peatones, los agentes del orden, los estadios, las discotecas, etc., en cualquier lugar, la muerte juega su partido). Realmente, jugar con la muerte, es un “deporte” no propio para personas que, a pesar de todo, confiamos —y contribuimos, desde nuestras tribunas y roles—en la construcción de  una convivencia humana digna de ser defendida y reproducida.

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